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Para eldiario.es

Las movilizaciones ciudadanas en contra de Buteflika siguen creciendo pero también son figuras sindicales y políticas las que se han puesto en contra del presidente


Argelia es un país empobrecido (pero no pobre) en el que el 20% del escaso presupuesto se dedica a una multiplicidad de subsidios que ya no pueden "comprar" la paz social"

Miles de argelinos se manifiestan contra el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika.

 

Como nos enseñan casos tan distintos como el procés o el Brexit, la batalla de las palabras es cada vez más importante en la sociedad de la imagen; de tal modo que quien consigue imponer una narrativa determinada adquiere una ventaja sustancial para lograr el objetivo perseguido. Por eso, aplicado a Argelia, en el momento en el que ya se han roto las aguas de un sistema que no tiene futuro interesa aclarar varias cosas:

Ahmed Gaid Salah, que hasta el pasado día 26 fue uno de los más acérrimos defensores del presidente Buteflika, ha decidido soltar lastre. Al igual que ocurre con las ratas que tratan de abandonar el barco que les ha servido de casa cuando constatan que está a punto de hundirse, Salah y el resto de los mismos que hasta ayer apoyaban aparentemente sin fisuras a un presidente fantasma son los que ahora se apresuran a desmarcarse de él. Y así, desde el jefe de la patronal, Ali Hadad, hasta el líder del principal sindicato argelino, Abdelmadjid Sidi Said, pasando por el ex primer ministro y líder del partido gubernamental Reagrupación Nacional para la Democracia, Ahmed Uyahia, y hasta el sector crítico del omnipresente Frente de Liberación Nacional (FLN), todos dan ahora la bienvenida a lo que el periódico del propio FLN califica como "bella perspectiva", presurosos en desembarazarse de un cadáver político y acomodarse al rumbo establecido por el jefe de las fuerzas armadas.

Estamos ante un intento de golpe de Estado disfrazado de formalidad constitucional. Efectivamente, el artículo 102 de la Constitución contempla la inhabilitación del presidente por iniciativa del Consejo Constitucional y con el voto favorable de los dos tercios de las dos cámaras legislativas, todo ello antes de que finalice su cuarto mandato el 28 de abril. Pero lo que Salah está haciendo, con la inteligencia suficiente para dar un barniz legalista a su gesto y no autoproponerse como el sustituto, es, sobre todo, defender los intereses de la casta militar, procurando preservar los privilegios de quienes controlan el país desde su independencia en 1962.

Para entenderlo mejor basta con recordar que ese mismo artículo podía haber sido activado ya desde el momento en que el grave problema de salud de Buteflika, en 2013, lo convirtió en un pelele que otros, con su hermanísimo Said al frente, han manejado a su antojo. Pero más claro aún es el hecho de que el mensaje a la nación no ha sido pronunciado por el primer ministro- un Nuredin Bedui incapaz de conformar un gabinete ministerial veinte días después de haber sido nombrado- ni tampoco el presidente del Senado- un Abdelkader Bensalah que debería hacerse cargo transitoriamente de la presidencia si finalmente se depone a Buteflika- sino por el máximo representante de las fuerzas armadas, verdadera columna vertebral del poder. Un poder que igual que les permitió en 1999 elegir a Buteflika como solución casera para salir del marasmo violento que había arrancado en 1992, les permite ahora tirarlo a la papelera sin remordimiento alguno, cuando se ha convertido en un estorbo que puede llegar a comprometer su control del sistema y que ya no sirve de fachada para tapar las vergüenzas de unas facciones defensoras a ultranza de un statu quo tan pervertido.

Como llevamos viendo desde su arranque el pasado 22 de febrero, las movilizaciones ciudadanas siguen creciendo y nada apunta a que ninguno de los tejemanejes ideados sobre la marcha por le pouvoir – sea el retraso sine die de las elecciones, la promesa de Buteflika de no volver a presentarse, la formación de un nuevo gobierno con figurantes igualmente desgastados, encargado de organizar una inconcreta Conferencia Nacional, o propia la inhabilitación del presidente- vaya a satisfacer sus ansias de cambio. Su gran fortaleza hoy deriva del compartido hartazgo, visibilizado de forma ejemplarmente pacífica, de buena parte de los 41 millones de argelinos con décadas de corrupción, ineficiencia y negación de un futuro digno. Saben que viven en un país empobrecido (pero no pobre) en el que las reservas de divisas han caído desde los 179.000 millones de dólares, en diciembre de 2014, a 79.800 cuatro años más tarde y en el que el 20% del presupuesto se dedica a una multiplicidad de subsidios que ya no pueden "comprar" la paz social.

Dicho eso, y recordando lo que sufrieron en sus carnes los jóvenes revolucionarios egipcios que se levantaron contra Hosni Mubarak, hay que volver a insistir en que no es lo mismo movilizarse contra un gobernante y su camarilla que lograr el apoyo político de la población para liderar una reforma profunda de un sistema tan podrido. Y ante esa ingente tarea solo cabe reconocer que la alternativa a le pouvoir no tiene todavía rostro, programa ni estructura para traducir el descontento actual en poder real para el cambio. Y, por el contrario, los poderosos sí saben cómo manejar estas situaciones. Veremos.

 

FOTOGRAFÍA: Miles de argelinos se manifiestan contra el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika. EFE

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Ciclo de cuatro sesiones que trata de analizar el paralelismo entre la década de 1930 y la actual a través de documentos audiovisuales generados en cada época. La aproximación es doble: un análisis histórico de ambas épocas y una presentación y análisis de esos documentos.

Se tratarán diversos aspectos de conexión, comenzando por las crisis económicas respectivas –las de 1929 y 2008– y sus efectos: depresión financiera, descontento social, descrédito de los oligarcas y la clase política, ruinas inmobiliarias... Después, las consecuencias sociales y políticas a raíz del desafecto ciudadano, con el crecimiento de los nacionalismos, la xenofobia y la demagogia, entre otros, y el establecimiento de Gobiernos con participación de la extrema derecha en varios países europeos, entonces y ahora.

En cada sesión intervienen:

Pablo Llorca, director de cine y comisario del proyecto.

Jesús Núñez, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

Sesión 1: La cara norte. Martes 02. 19:00 h

Esta conferencia servirá para hablar de las crisis (y sus efectos directos) que asolaron a buena parte del mundo a partir de 1929 y 2008, respectivamente, y que marcaron de manera determinante los años posteriores. Se divide en: La Belle Epoque de antes de la crisis, paisajes en ruinas, la crisis económica, descontento social, oligarcas culpables y elogio del tipo corriente.

Sesión 2: Un tren llega despacio. Miércoles 03. 19.00 h

Esta conferencia comenzará a desarrollar consecuencias políticas y sociales de las crisis respectivas, centrándonos en primer lugar en un factor ajeno a las mismas, o al menos que no ha sido consecuencia directa suya (inmigración y personas refugiadas), pero con unas implicaciones fundamentales durante las mismas. Después desarrollaremos la relación entre ese fenómeno de la llegada de personas extranjeras a países ricos y las consecuencias políticas desatadas en los mismos.

Se divide en: inmigrantes y personas refugiadas, nacionalismos y el proteccionismo económico, xenofobia, técnicas de propaganda y contra la prensa.

Sesión 3. Saliendo del armario Martes 09. 19.00 h

En esta conferencia nos centraremos en la década de 1930 y también en el presente (primavera 2019): la realidad del actual mundo occidental y sus relaciones con lo sucedido hace unos ochenta años. Qué relación hay entre los antiguos líderes de la extrema derecha y los actuales, qué mecanismos de persuasión y propaganda se han extendido entre la ciudadanía –con alta carga de demagogia en ambos casos–, los Gobiernos que han formado o ayudado a formar, etc. Y una última parte, el deslizamiento hacia una realidad internacional agresiva y darwinista.

Contenidos: los nuevos líderes políticos, la demagogia, los fascismos, el camino a la guerra y conflictos internacionales.

Sesión 4. La oreja sobre el rail Miércoles 10. 19.30 h

En la última conferencia extraeremos las conclusiones, entre las cuales se encuentra el papel de la Unión Europea. Porque entre otros elementos, una de las cosas importantes que diferencian la década de 1930 de la actual es la existencia de ese organismo, que sirve como paraguas supranacional y, por lo tanto, también como objeto de ataque de los demagogos. Y, la segunda gran diferencia, la sociedad no tiene una polarización social e ideológica extrema y, pese al empobrecimiento sufrido tras la última crisis y al descrédito de la clase política, la democracia parlamentaria posee más apoyos. Pero que hasta ahora esto haya sido así, no significa que no pueda cambiar.

Contenidos: diferencias en el contexto de ambas décadas: lo que las separa, el papel de la UE, conclusión.

Precio: Gratuito 

Entrada libre hasta completar aforo.

Información: Recogida de invitaciones desde 2 horas antes en el Punto de Información. 

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Combatientes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) ondean una bandera en Baguz,Siria.

Para El País.

A pesar de lo que dice Washington este no es el fin de Dáesh y la guerra en Siria va a continuar.

Por muy “oficial” que sea la declaración de la toma de Baguz y el fin de Dáesh la situación en el terreno no va a cambiar. A fin de cuentas, prácticamente todo lo que se dice ahora por boca de Washington y sus aliados locales- las Fuerzas de Protección Popular encuadradas en las Fuerzas Democráticas Sirias- repite lo ya dicho en 2017 con ocasión de la recuperación de Mosul (Irak, julio), Deir el Zor (Siria, septiembre) o Raqa (Siria, octubre). Por eso, para no dejarse engañar por las apariencias, debemos entender que:

La guerra en Siria va a continuar. No solo el régimen genocida de Al Bashar continua su ofensiva violenta para recuperar el control del territorio y seguir eliminando a sus opositores, sino que quedan todavía muchos grupos armados que no han renunciado a la violencia. Junto a los que juegan al “cuanto peor, mejor” hay que contar también con la amalgama de milicias y grupos yihadistas agolpados en la provincia de Idlib, a la espera de una ofensiva que probablemente implique no solo a las fuerzas armadas sirias, sino también a Turquía y otras potencias. En paralelo, no cabe suponer que las milicias kurdas depongan automáticamente sus armas, sin tratar de sacar alguna tajada en términos políticos.

Dáesh no ha sido derrotado. No es solamente que miles de sus combatientes sigan pululando por Siria, sino que con su renovado perfil insurgente también están actuando en Irak, especialmente en zonas rurales. Por otra parte, dado que hace tiempo ya que Dáesh se ha convertido en una “marca” internacional, conviene no olvidar que hay facciones suyas muy activas tanto en Nigeria, como en varios países del Sahel, Egipto, Libia, Yemen, Afganistán y hasta en el subcontinente indio.

El monstruo seguirá ahí por mucho tiempo. Al margen de que se elimine a Al Bagdadi o que Dáesh implosione, el virus yihadista ya ha contaminado a incontables individuos que se ven como elegidos para la gloria. Y mientras la respuesta se limite a las armas, tendremos desgraciadamente terrorismo para rato.

En definitiva, 1.737 días después, lo único que se ha logrado es el desmantelamiento de un pseudocalifato. Como ya había ocurrido anteriormente con los que Al Qaeda, Boko Haram o Al Shabaab declararon en su día, su final estaba determinado desde el momento en que decidieron fijarse en el terreno, convirtiéndose en un objetivo bien definido para enemigos muy superiores. Lo que cabe preguntarse en términos militares es cómo una coalición liderada por Washington, con Londres y París de destacados acompañantes, más la aportación de milicias locales en primera línea ha necesitado tanto tiempo para llegar hasta aquí. Y ahora queda todo lo demás

 

FOTOGRAFÍA: Combatientes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) ondean una bandera en Baguz,Siria. AHMED MARDNLI (EFE): US Department of State (Dominio público – Trabajo del gobierno de Estados Unidos)

Batalla de Baguz, Siria (12/2/2019). Foto: Voice of America (Wikimedia Commons / Dominio Público). Blog Elcano

Para el Blog Elcano

Si nos dejamos llevar por lo que anuncian los titulares de prensa y los portavoces gubernamentales acabaríamos llegando a la conclusión de que, tras la recuperación del control de la pequeña localidad siria de Baguz, no solo Daesh ha pasado a la historia sino que incluso la amenaza del terrorismo yihadista ha sido conjurada definitivamente. Por desgracia, nada de eso se ajusta a la realidad.

Por un lado, la nefasta “guerra contra el terror” ejecutada por Washington desde el trágico 11-S no ha logrado ninguna victoria definitiva ni contra al-Qaeda ni contra el resto de los grupos yihadistas que han proliferado en distintas regiones del planeta desde entonces. Es cierto que Estados Unidos no ha vuelto a sufrir un golpe de aquellas dimensiones, pero también lo es que, desde la Autorización para el Uso de Fuerzas Militares contra el Terrorismo (AUMF, por sus siglas en inglés) –aprobada por ambas cámaras con un solo voto en contra el 14 de septiembre de 2011–, hoy se encuentra empantanado desarrollando operaciones contraterroristas en no menos de ochenta países. Eso supone, según las estimaciones del proyecto Cost of War desarrollado por la Brown University, un coste que supera los 5,9 billones de dólares, un despliegue de más de 2,7 millones de soldados (con un balance provisional de más de 7.000 muertos y 53.700 heridos), de los que más de un millón reciben algún tipo de compensación económica del Departamento de Asuntos de Veteranos por discapacidad.

Nada de eso le ha evitado sufrir desde entonces más de 200 ataques terroristas de diverso perfil, la mayoría de ellos ejecutados por ciudadanos estadounidenses radicalizados (de los que casi 90 han sido miembros o simpatizantes de grupos de extrema derecha). Tampoco ha impedido que hoy –echando mano de los datos del informe The evolution of the Salafi-Jihadist Threat, publicado el pasado noviembre por el Centre for Strategic and International Studies (CSIS)– se estime que hay un 270% más de yihadistas que en esa aciaga fecha de 2001. Manejando distintas fuentes de información ese mismo estudio determina que a finales del pasado año habría unos 43.650-70.550 en Siria, 27.000-64.060 en Afganistán, 17.900-39.540 en Pakistán, 10.000-15.000 en Irak, 3.450-6.900 en Nigeria y 3.095-7.240 en Somalia.

Eso significa, sin contabilizar los que pueda haber en otros países (incluyendo los occidentales), entre 100.000 y algo más de 200.000 individuos con capacidad y voluntad de matar a quien no comparta su mesiánica visión. Dicho en otras palabras, hay 67 grupos claramente identificados, de los que 44 no pertenecen ni están asociados a al-Qaeda ni a Daesh, activamente implicados en la violencia terroristas en todas sus formas. Eso supone, comparado con 2001, que hay un 180% más de grupos capaces de planificar y ejecutar golpes que van desde acciones de combate convencional hasta toda la amplia gama de la insurgencia y el terrorismo. Y todo ello sin olvidar los ataques que llevan a cabo individuos o grupúsculos radicalizados en países occidentales, siguiendo las directrices de la llamada resistencia sin liderazgo, más difícil si cabe de detectar y neutralizar.

Por todo eso –cuando se constata que la amenaza sigue siendo muy real en muchos países, con Siria, Irak, Yemen, el Sahel africano, Nigeria, Afganistán, Somalia y el Sudeste asiático como focos de atención preferente, pero no exclusivos– la recuperación de Baguz a manos de combatientes de Daesh debería recibirse con más comedimiento. Era obvio –tras lo ocurrido con al-Qaeda en Afganistán, Boko Haram en Nigeria y al-Shabaab en Somalia– que también el pseudocalifato proclamado por Abubaker al-Bagdadi en junio de 2014 terminaría por ser desmantelado, con la única duda sobre la fecha y la cifra de muertos al final del acoso y derribo al que han sido sometidos sus miembros.

Pero a nadie puede escapársele que esos mismos antecedentes muestran sobradamente que no hay solución militar contra la amenaza terrorista y que, por tanto, no cabe proclamar victoria más allá de la satisfacción que pueda causar la liberación de una ciudad más (sin preguntarnos cuál ha sido el coste en vida de inocentes). Y esto es así porque, a pesar de lo ocurrido en ese pequeño rincón de la frontera entre Siria e Irak, los datos enseñan que la guerra continúa en Siria, que Daesh lleva meses dando muestras de su resiliencia y flexibilidad para volver con renovadas fuerzas a la lucha insurgente en la que es ya un consumado maestro, y que sus distintas facciones regionales siguen activamente empeñadas en imponer su dictado violento contra viento y marea. En resumen, Baguz apenas queda como un mero apunte en una larga serie de combates que, por sí mismos, no deciden nada definitivo.

FOTOGRAFÍA: Voice of America (Wikimedia Commons / Dominio Público).