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Batalla de Baguz, Siria (12/2/2019). Foto: Voice of America (Wikimedia Commons / Dominio Público). Blog Elcano

Para el Blog Elcano

Si nos dejamos llevar por lo que anuncian los titulares de prensa y los portavoces gubernamentales acabaríamos llegando a la conclusión de que, tras la recuperación del control de la pequeña localidad siria de Baguz, no solo Daesh ha pasado a la historia sino que incluso la amenaza del terrorismo yihadista ha sido conjurada definitivamente. Por desgracia, nada de eso se ajusta a la realidad.

Por un lado, la nefasta “guerra contra el terror” ejecutada por Washington desde el trágico 11-S no ha logrado ninguna victoria definitiva ni contra al-Qaeda ni contra el resto de los grupos yihadistas que han proliferado en distintas regiones del planeta desde entonces. Es cierto que Estados Unidos no ha vuelto a sufrir un golpe de aquellas dimensiones, pero también lo es que, desde la Autorización para el Uso de Fuerzas Militares contra el Terrorismo (AUMF, por sus siglas en inglés) –aprobada por ambas cámaras con un solo voto en contra el 14 de septiembre de 2011–, hoy se encuentra empantanado desarrollando operaciones contraterroristas en no menos de ochenta países. Eso supone, según las estimaciones del proyecto Cost of War desarrollado por la Brown University, un coste que supera los 5,9 billones de dólares, un despliegue de más de 2,7 millones de soldados (con un balance provisional de más de 7.000 muertos y 53.700 heridos), de los que más de un millón reciben algún tipo de compensación económica del Departamento de Asuntos de Veteranos por discapacidad.

Nada de eso le ha evitado sufrir desde entonces más de 200 ataques terroristas de diverso perfil, la mayoría de ellos ejecutados por ciudadanos estadounidenses radicalizados (de los que casi 90 han sido miembros o simpatizantes de grupos de extrema derecha). Tampoco ha impedido que hoy –echando mano de los datos del informe The evolution of the Salafi-Jihadist Threat, publicado el pasado noviembre por el Centre for Strategic and International Studies (CSIS)– se estime que hay un 270% más de yihadistas que en esa aciaga fecha de 2001. Manejando distintas fuentes de información ese mismo estudio determina que a finales del pasado año habría unos 43.650-70.550 en Siria, 27.000-64.060 en Afganistán, 17.900-39.540 en Pakistán, 10.000-15.000 en Irak, 3.450-6.900 en Nigeria y 3.095-7.240 en Somalia.

Eso significa, sin contabilizar los que pueda haber en otros países (incluyendo los occidentales), entre 100.000 y algo más de 200.000 individuos con capacidad y voluntad de matar a quien no comparta su mesiánica visión. Dicho en otras palabras, hay 67 grupos claramente identificados, de los que 44 no pertenecen ni están asociados a al-Qaeda ni a Daesh, activamente implicados en la violencia terroristas en todas sus formas. Eso supone, comparado con 2001, que hay un 180% más de grupos capaces de planificar y ejecutar golpes que van desde acciones de combate convencional hasta toda la amplia gama de la insurgencia y el terrorismo. Y todo ello sin olvidar los ataques que llevan a cabo individuos o grupúsculos radicalizados en países occidentales, siguiendo las directrices de la llamada resistencia sin liderazgo, más difícil si cabe de detectar y neutralizar.

Por todo eso –cuando se constata que la amenaza sigue siendo muy real en muchos países, con Siria, Irak, Yemen, el Sahel africano, Nigeria, Afganistán, Somalia y el Sudeste asiático como focos de atención preferente, pero no exclusivos– la recuperación de Baguz a manos de combatientes de Daesh debería recibirse con más comedimiento. Era obvio –tras lo ocurrido con al-Qaeda en Afganistán, Boko Haram en Nigeria y al-Shabaab en Somalia– que también el pseudocalifato proclamado por Abubaker al-Bagdadi en junio de 2014 terminaría por ser desmantelado, con la única duda sobre la fecha y la cifra de muertos al final del acoso y derribo al que han sido sometidos sus miembros.

Pero a nadie puede escapársele que esos mismos antecedentes muestran sobradamente que no hay solución militar contra la amenaza terrorista y que, por tanto, no cabe proclamar victoria más allá de la satisfacción que pueda causar la liberación de una ciudad más (sin preguntarnos cuál ha sido el coste en vida de inocentes). Y esto es así porque, a pesar de lo ocurrido en ese pequeño rincón de la frontera entre Siria e Irak, los datos enseñan que la guerra continúa en Siria, que Daesh lleva meses dando muestras de su resiliencia y flexibilidad para volver con renovadas fuerzas a la lucha insurgente en la que es ya un consumado maestro, y que sus distintas facciones regionales siguen activamente empeñadas en imponer su dictado violento contra viento y marea. En resumen, Baguz apenas queda como un mero apunte en una larga serie de combates que, por sí mismos, no deciden nada definitivo.

FOTOGRAFÍA: Voice of America (Wikimedia Commons / Dominio Público).

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IECAH Firma el manifiesto #DondeEstánEllas, para la visibilización y la participación de las mujeres como ponentes en conferencias y eventos públicos.

Más y más armas. Más y más errores. Vista noreste del Pentágono. Foto: David B. Gleason (CC BY-SA 2.0).

Para el Blog Elcano

Las armas no pueden ser el principal camino para un mundo más justo, más seguro y más sostenible.

Siguen las protestas entre indicios de que Bouteflika puede regresar a Argel

Para eldiario.es


Su principal fortaleza radica en el hartazgo con una farsa insostenible tras la fachada de un presidente decrépito hasta el extremo, alimentado por un sostenido deterioro en sus condiciones de vida y la percepción clara de que no hay futuro digno dentro del actual sistema.


 Experiencias como la de Egipto obligan a recordar que sin organización, líderes, programa y recursos para traducir la contestación actual en una opción alternativa de poder, se corre el riesgo de que sean los de siempre disfrazados de lo que sea necesario los que mayores posibilidades tienen de sacar provecho.


Dado el notorio desequilibrio de fuerzas confrontadas y en concordancia con las repetidas formulaciones comunitarias a favor de crear un espacio euromediterráneo de paz y prosperidad compartidas, cabe volver a preguntarse cuál será el comportamiento de los todavía Veintiocho en este caso.


Se sienten liberados de la herida fratricida, han perdido el miedo a la represión y, por el contrario, se lo han traspasado a los que hasta hoy se han beneficiado de un status quo que durante generaciones ha ahogado el futuro de Argelia. Son buena parte de los 41 millones de argelinos que aspiran a retomar el camino republicano que quedó bloqueado por 'le pouvoir' en sus diferentes configuraciones prácticamente desde la independencia en 1962. Y deben ser conscientes de que ante ellos se abre la posibilidad de caer en un abismo tanto o más hondo del que ya habitaron en la última década del pasado siglo o subir una escarpada montaña que les permita explotar las enormes potencialidades de un país con tantas riquezas naturales.

Su principal fortaleza radica en el hartazgo con una farsa insostenible tras la fachada de un presidente decrépito hasta el extremo, alimentado por un sostenido deterioro en sus condiciones de vida y la percepción clara de que no hay futuro digno dentro del actual sistema. Y es eso, no cabe ninguna duda, lo que les ha impulsado a la calle para desbaratar el plan diseñado para mantener a Abdelaziz Buteflika formalmente a la cabeza de una amalgama de facciones no precisamente bien avenidas entre ellas para seguir acumulando prebendas sin límite. Unas facciones a cuyo frente destacan tanto el hermanísimo, Said Buteflika, como el jefe del Estado Mayor, Ahmed Gaid Salah, o el ahora defenestrado primer ministro, Ahmed Uyahia, sin olvidar a los prebostes de las empresas públicas y al resto de los principales dirigentes del Frente de Liberación Nacional y la Reagrupación Nacional para la Democracia.

Pero de inmediato se hace visible también su mayor debilidad cuando se piensa en un plan alternativo. Por un lado, la oposición partidista lleva años desactivada y comatosa, tanto por la represión del régimen como por su desconexión con las ansias y necesidades de la población. Y eso incluye también a los islamistas que —con el Frente Islámico de Salvación— hace algo más de veinte años parecían la alternativa más poderosa al sistema. Hoy, basta con mirar el escaso papel del Movimiento por la Sociedad y la Paz, para entender que, cooptados y victimas de sus propios errores, sus dirigentes no parecen atraer al conjunto de quienes demandan un cambio estructural. Por otro, lo único que une a la población movilizada es el rechazo a la mascarada del clan presidencial y, aunque se han ido incorporando diferentes colectivos hasta convertir la protesta en una dinámica transversal, experiencias como la de Egipto obligan a recordar que sin organización, líderes, programa y recursos para traducir la contestación actual en una opción alternativa de poder, se corre el riesgo claro de que sean los de siempre disfrazados de lo que sea necesario los que mayores posibilidades tienen de acabar llevando el ascua a su sardina.

Visto así, no basta con haber evitado la pantomima prevista para el 18 de abril, ni forzar la renuncia de Buteflika a un nuevo mandato. Es evidente que, aunque sea bajo la presión de la calle, a 'le pouvoir' aún le quedan cartas en la mano. La primera de ellas ya está en marcha con el nombramiento de un nuevo gobierno encabezado por dos representantes del mismo régimen que ha demostrado sobradamente su nula voluntad de reforma, pero que creen que les sirve para ganar tiempo hasta que logren superar sus diferencias internas para nombrar un sucesor de consenso. Desde luego, ni Nuredin Bedui, ni Ramtane Lamamra, ni Ladjar Brahimi cuentan con credibilidad para ir más allá de un giro lampedusiano que, con los imprescindibles cambios cosméticos que sean necesarios, solo desea dejar las cosas como están. Y esa es la opción en la que van a poner más énfasis.

Pero no se agota ahí su juego, puesto que todavía pueden emplear la tradicional opción represiva —hoy, todavía limitada porque el ejemplar comportamiento pacífico de la ciudadanía les hace muy difícil recurrir a la fuerza bruta para acallar a los críticos—, la manipulación de las movilizaciones para alimentar una violencia que pretenda justificar a posteriori la represión, la cooptación de algunos de esos críticos, el alargamiento sine die de la situación actual —con una Conferencia Nacional totalmente indefinida y un calendario de reformas igualmente desconocido— o el ejercicio carnavalesco de disfrazarse de nuevos demócratas y reformistas para volver a ocupar el poder en la próxima etapa (sirva Túnez de ejemplo).

En una circunstancia tan delicada como la que atraviesa Argelia, y al igual que ya ocurrió hace años en ocasiones similares que afectaron a buena parte del mundo árabe, cabe volver la mirada a la Unión Europea. Evidentemente, el protagonismo corresponde a la ciudadanía argelina, pero dado el notorio desequilibrio de fuerzas confrontadas y en concordancia con las repetidas formulaciones comunitarias a favor de crear un espacio euromediterráneo de paz y prosperidad compartidas, cabe volver a preguntarse cuál será el comportamiento de los todavía Veintiocho en este caso. Si nos atenemos a lo visto, con Egipto como ejemplo más obvio, la Unión parece claramente inclinada a optar por la estabilidad a toda costa, aunque eso suponga apoyar a golpistas como Al Sisi o hundir a algunos países como Libia en una violencia sin fin a la vista. ¿Habremos aprendido algo?

FOTOGRAFÍA: Protestas recientes entre indicios de que Bouteflika podía regresar a Argel. EFE EFE