Actualidad

Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra

Para eldiario.es

La política internacional y de seguridad y defensa no tiene cabida en debates ni programas electorales: pareciera que España estuviera aislada, fuera del mundo


Los ciudadanos deberían conocer las posiciones de los diferentes partidos en asuntos relativos a la Unión Europea o la participación en la OTAN


España gasta anualmente en defensa unos 16.000 millones de euros y el riesgo de las misiones internacionales desplegadas suponen riesgos considerable


Si atendemos al tiempo y espacio que ocupan la política internacional y la política de seguridad y defensa en los debates y programas electorales de los principales partidos, cabría concluir que España está fuera del mundo. Ese vacío solo tendría sentido si nos encontrásemos aún en la dictadura franquista --expulsados del concierto internacional-- o si, milagrosamente, todas las fuerzas políticas hubieran llegado al convencimiento de que se trata de políticas de Estado y, por tanto, hubieran acordado las líneas maestras de lo que España debe hacer ahí fuera y la manera de defender sus intereses frente a amenazas y riesgos que puedan afectarnos. Pero la realidad es muy distinta.

Ninguno de los dirigentes debe pensar que con esos temas vaya a ganar votos. A ese argumento se suele sumar el de que, renunciando a una elemental labor pedagógica para crear opinión pública, suponen que a la ciudadanía no le interesan esos temas. Pero actuar de ese modo implica no asumir que en el mundo globalizado que nos toca vivir es imposible ya separar la seguridad interior de la exterior y que, además, el altísimo nivel de interdependencia que define nuestros días nos obliga a prestar atención preferente a lo que ocurre a nuestro alrededor.

España es una potencia media con intereses globales. Resulta obvio, en un momento en el que el multilateralismo está en crisis ante el empuje proteccionista estadounidense, que solo a partir de la suma de fuerzas con otros podremos tener alguna opción de influir en dinámicas que superan nuestras limitadas fuerzas y de encontrar apoyos para defendernos de lo que pueda afectarnos. Y eso, por imposición básicamente geopolítica, se llama Unión Europea (UE). Es ahí dónde se decide más de la mitad de todas las normas que regulan nuestras vidas y es ahí donde empieza o termina en torno al 70% de todos nuestros intercambios comerciales.

Además, con todos los errores e incoherencias incluidas, es con ese grupo de democracias con las que más estrechamente compartimos valores y principios. La UE debería ser, por tanto, un asunto central en cualquier agenda política española, tanto si lo vemos desde la perspectiva económica (somos la cuarta economía de la eurozona y nuestro bienestar depende sobremanera de lo que allí se decida) como política (procurando ser parte, con Alemania y Francia, del núcleo duro interesado en dotarse de una voz única).

Y, sin embargo, en el marco actual de euroescepticismo en auge, es ya un lugar común achacarle todos los males imaginables, como recurso clásico para evadir las responsabilidades propias. Y todo ello sin reparar en que es el mínimo techo protector que nos ha permitido convertirnos en los más privilegiados ciudadanos del planeta, tanto en términos de bienestar como de seguridad. Es igualmente la mínima plataforma desde la que podemos aspirar a responder adecuadamente a la desigual globalización que está generando tantos perdedores no solo en nuestra vecindad sino también en nuestro propio suelo, al cambio climático, a la proliferación de armas de destrucción masiva, al terrorismo internacional o a los efectos de unos flujos migratorios descontrolados.

Todo ello sin olvidar que tanto el mundo árabe (no solo parte de nuestra propia identidad sino importante suministrador energético, origen de muchos inmigrantes y salpicado de procesos de movilización ciudadana ante los que no podemos enmudecer) como el latinoamericano (nuestro mayor activo político es, con diferencia, el compartir lengua con 500 millones de personas) nos demandan una atención que en demasiadas ocasiones solo se queda en palabras. ¿Apuestan los candidatos por una España fortaleza o por implicarnos en el objetivo de un mundo más justo, más seguro y más sostenible? ¿Con qué recursos? ¿Con qué prioridades?

Aplicado al terreno de la seguridad y defensa también necesitamos saber qué piensa quien mañana pueda ocupar la Moncloa sobre nuestro nivel de participación en la OTAN (con el horizonte de 2024 para llegar al 2% del PIB dedicado a la defensa) o si cree que ya ha llegado la hora de apostar decididamente por la autonomía estratégica que propugna la UE, con el objetivo último de librarnos de la prolongada subordinación a Estados Unidos. España gasta anualmente en defensa unos 16.000 millones de euros y despliega sus fuerzas en misiones internacionales que suponen riesgos y compromisos que bien merecen alguna consideración. Y lo mismo cabe decir sobre nuestra política de comercio de armas (somos el séptimo exportador mundial), nuestra política de inmigración (cuando ya el 10% de la población es de origen foráneo) o la cooperación al desarrollo (que es la política pública que más se ha reducido desde el inicio de la crisis).

Pero hasta hoy, y sin que sirva de disculpa que en un mes habrá elecciones al Parlamento Europeo, no sabemos prácticamente nada de lo que nuestro próximo presidente de gobierno piensa sobre estos temas.

 

FOTOGRAFÍA: Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra. EFE

Durante el año 2018 el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) y la Oficina de Acción Humanitaria (OAH) de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) mantuvieron un Convenio de colaboración mediante una Subvención Nominativa.  Dentro del mismo se realizaron diversas investigaciones y estudios que ahora presentamos. En ellas se abordan diversos temas relevantes en el ámbito humanitario con el objetivo de contribuir a la reflexión, actualización y mejora de la acción humanitaria de la Cooperación Española.

 

LA AGENDA 2030 DE DESARROLLO SOSTENIBLE Y LA ACCIÓN HUMANITARIA

 

LA MIGRACIÓN EN EL CONTEXTO DE CAMBIO CLIMÁTICO Y DESASTRES: REFLEXIONES PARA LA COOPERACIÓN ESPAÑOLA

 

CONSULTA SOBRE ASISTENCIA EN EFECTIVO Y CUPONES A LAS PRINCIPALES ONG ESPAÑOLAS FINANCIADAS POR LA AECID

 

 

 

Daños en la iglesia de San Sebastian tras el atentado en Sri Lanka. EFE

Para elperiódico.com

Los atentados registrados en Sri Lanka el pasado domingo son una clara señal de que el terrorismo es una amenaza internacional sin límites. Y como ya sucedió hace apenas un mes en Nueva Zelanda, y por mucho que ahora se destaquen determinados indicios y ya se acuse al gobierno local de desoír las alarmas recibidas de India sobre posibles atentados contra iglesias cristianas (olvidando que también se ha atentado en hoteles y complejos de oficinas), nadie imaginaba hasta ese mismo instante que algo así podía ocurrir en este país.

Un país de 21,5 millones de habitantes que, en clave religiosa, se distribuyen entre budistas (70%), hindús (15%), cristianos (8%) y musulmanes (7%). Por encima de las fracturas que de ahí se deriven, ninguna es tan relevante como la étnica, con la mayoría cingalesa y los tamiles tratando de dirimir sus profundas diferencias en un conflicto que costó 100.000 muertes entre 1983 y 2009. Desde la perspectiva gubernamental el asalto final contra los Tigres Tamiles se interpretó equivocadamente como la derrota definitiva del grupo terrorista más letal de las últimas décadas. Y aunque desde entonces el país trató de mirar hacia adelante- atrayendo un turismo que ahora se puede ver muy afectado- la fractura sigue presente.

Con la guardia baja

Si se analiza la reciente matanza con ese trasfondo cabe considerar, en primer lugar, que, al igual que ocurrió en España con la escasa atención prestada al terrorismo yihadista hasta el 14-M (obligado en buena medida por la amenaza de ETA), también en Sri Lanka el esfuerzo principal contra la rebeldía tamil ha hecho descuidar el peligro yihadista. A fin de cuentas, el islam local es de perfil tolerante y solo 32 nacionales se han incorporado a grupos activos en Siria o Irak. Además, los dos grupos que ahora el Gobierno identifica como responsables directos- Jamā‘at at-Tawḥīd al-Waṭanīyah y Jammiyathul Millathu Ibrahim- no parecían suponer una amenaza considerable si se atiende a su escasa capacidad operativa (reducida a la voladura de algunas estatuas).

De hecho es esa insignificancia la que genera dudas sobre la autoría de los atentados. Aunque en principio no haya más remedio que dar credibilidad a las fuentes gubernamentales, resulta harto difícil asumir que unos grupúsculos de esta entidad tengan la capacidad logística y operativa necesaria para llevar a cabo ocho atentados prácticamente simultáneos en cuatro localidades distintas (y podrían ser más a tenor del material explosivo encontrado en las cercanías del aeropuerto de Colombo y de supuestos coches-bomba aún por neutralizar). Que, sin aportar prueba alguna, Dáesh haya reclamado la autoría tampoco dice mucho, si se tiene en cuenta su afán por aparentar una presencia planetaria, precisamente ahora que ha perdido su feudo principal en Siria/Irak.

En definitiva, sin descartar ninguna hipótesis -incluyendo la de que antiguos combatientes tamiles (diestros en atentados suicidas y a gran escala) hayan vuelto a las andadas- queda claro que el monstruo sigue ahí.

 

FOTOGRAFÍA: Los atentados registrados en Sri Lanka el pasado domingo son una clara señal de que el terrorismo es una amenaza internacional sin límites. Fotografía extraída de El Periodico.

Autor: Javier Clemente – Fotógrafo y autor del libro “1995. Recordando Srebrenica”

Yugoslavia fue una federación de Estados que se formó después de la II Guerra Mundial. Bajo el mando del mariscal Josip Broz Tito, Yugoslavia integraba Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro, Kosovo (actualmente con un reconocimiento internacional limitado) y la República de Macedonia. Los diferentes intereses de los integrantes de aquella Yugoslavia desembocaron en la Guerra de los Balcanes. El conflicto obedeció a causas políticas, económicas y culturales, así como a la tensión religiosa y étnica. El conflicto fue fugaz y Eslovenia fue la primera, en 1991, en autoproclamarse independiente. Tras la proclamación de independencia de Eslovenia muy pronto Croacia intentó seguir la misma senda. En este nuevo conflicto violento se enfrentaban, por un lado, el Ejército Croata y, por el otro, el Ejército Popular Yugoslavo. Finalmente, en 1995, Croacia se independizó también de Yugoslavia.

Pero ya en 1991, el conflicto que se había iniciado en las dos primeras repúblicas llegó también a la región de Bosnia y Herzegovina, en donde se vivirían dos conflictos, uno inmerso en el otro, y por parte de tres facciones: los serbios de Bosnia y Herzegovina, los croatas de Bosnia y Herzegovina y los bosnios musulmanes de Bosnia y Herzegovina. Diferían principalmente por su confesión, estando divididos en tres religiones dominantes: ortodoxa, católica y musulmana respectivamente. Fue, con diferencia, el conflicto más sangriento de las Guerras de Yugoslavia, con episodios de limpieza étnica tan relevantes como la masacre de Srebrenica y de Ahmici. Asimismo, importantes ciudades como Sarajevo y Mostar fueron asediadas y devastadas durante años. Se estima que alrededor de cien mil personas murieron de forma violenta.

El genocidio de Srebrenica, el capítulo más oscuro en la Europa de la Posguerra Fría, se remonta al verano de 1995, cuando después de casi tres años de asedio, el general serbobosnio Ratko Mladic ordenó el ataque final contra 40.000 civiles musulmanes de la ciudad, en la Bosnia Oriental, de los cuales la mitad eran refugiados de la zona declarada "segura y protegida por las Naciones Unidas".

En el Memorial y Cementerio de Potocari, a las puertas de Srebrenica, hoy están sepultadas muchas de las víctimas exhumadas de las fosas comunes. Pero aún hoy muchos de los restos de estas víctimas están dispersos en los bosques y fosas de la zona.

Los libros de historia están repletos de genocidios y masacres por motivos, en la mayoría de los casos, territoriales que encierran siempre problemas étnicos: desde la romanización hasta la conquista de América, pasando por la invasión del imperio mongol al mando de Genghis Khan y otros más actuales como el genocidio armenio (1915-1923), el Holocausto (1933-1945), la revolución cultural de Mao Tse Tung (1949-1969), Pol Pot y los Jemeres Rojos (1975-1979), Ruanda (1994)… Y desgraciadamente Srebrenica (1995) no supone el final de ese largo listado de barbaridades.

“El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, Confucio es el autor de ésta aparentemente simple reflexión que encierra gran sabiduría. En realidad, es aterradora la veracidad de esta frase, en una secuencia infinita que lleva a destruirnos los unos a los otros en guerras que tienen tanto o menos sentido que las que provocaron Napoleón, Alejandro Magno y tantos otros. Nuestra historia se repite una y otra vez, pero seguimos sin aprovechar sus lecciones.

Parece acertado reconocer que la diversidad cultural es una de las causas de terribles conflictos. Es posible que sean las particularidades las que enfrentan a unos grupos con otros, las causantes del racismo, de las "limpiezas étnicas" o de los genocidios. Pero no sería honesto culpar a la diversidad cultural de ser el origen de los conflictos, cuando en muchas más ocasiones son los intentos de suprimir la diversidad lo que genera los problemas, cuando se exalta "lo propio" como lo único bueno, lo verdadero, y se mira a los otros como infieles a convertir, si es necesario por la fuerza. O cuando se considera que los otros representan "el mal", la causa de nuestros problemas y se busca "la solución" en su aplastamiento. Los enfrentamientos no surgen porque existan particularismos, no son debidos a la diversidad, sino a su rechazo, a la imposición por la fuerza de “nuestro” derecho sobre el de otros.

La barbarie es una crueldad que proviene de la ignorancia, de la estupidez, del error, de la superstición, de las preocupaciones; en una palabra, de la falta de educación, instrucción y talento. La guerra y los conflictos que azotaron la Antigua Yugoslavia, las masacres ocurridas entonces, el racismo y la xenofobia que los impulsaron nos obligan a utilizar este término cuando se habla de hechos como el que se rememora aquí. Limpiezas étnicas, genocidios, violaciones en masa y campos de concentración en pleno corazón de Europa. El conflicto de Bosnia-Herzegovina, que despertó al “viejo continente” a un horror que creía haber dejado atrás, fue la más sangrienta de las guerras de desintegración de la Antigua Yugoslavia, en la que se llevaron a cabo los peores crímenes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

En el genocidio de Srebrenica, los serbios de Bosnia asesinaron a 8.372 personas de etnia bosnia musulmana. Aunque se buscaba supuestamente la eliminación de los varones bosnios musulmanes, la masacre incluyó el asesinato de niños, adolescentes y ancianos, con el objetivo de conseguir la limpieza étnica de la ciudad. Y esto se produjo en una zona previamente declarada como «segura» por las Naciones Unidas, ya que en ese momento se encontraba bajo la “protección” de 400 cascos azules neerlandeses. El proyecto “1995. Recordando Srebrenica” es un recuerdo a todas las víctimas de la crueldad y la barbarie, al genocidio perpetrado por las fuerzas serbias el 11 de julio de 1995 en Srebrenica. Aquellos horrores nunca podrán rectificarse. Fotografiar y documentar el lugar donde ocurrió uno de los capítulos más tristes de nuestra historia moderna servirá como un doloroso recordatorio de lo ocurrido aquel verano, esperando que jamás se reviva algo semejante.