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Turquía, el aliado incomodo de la OTAN. El primer avión F-35 Lightning II (JSF) de la Fuerza Aérea de EEUU sobrevolando Destin (Florida), en julio de 2011. Foto: U.S. Air Force photo by Staff Sgt. Joely Santiago (Wikimedia Commons / Dominio público). Blog Elcano

Para el Blog Elcano

Desde su entrada en la Alianza Atlántica, en 1952, no son pocas las ocasiones en las que Turquía ha sido calificado como un aliado incómodo. Pieza relevante en el intento de contener la expansión soviética durante la Guerra Fría, sus pésimas relaciones con Grecia pusieron en cuestión en varias ocasiones los fundamentos de la organización. Y aunque en una primera lectura su peso pareció menguar tras el final de la confrontación bipolar, muy pronto volvió a recuperarlo, tras el 11-S, como pieza básica para facilitar (aunque no sin reticencias) las aventuras militares de Washington en Oriente Medio. Hoy, mientras la OTAN acaba de celebrar su septuagésimo aniversario con innegables señales de crisis interna, Turquía vuelve a ser motivo de crítica e inquietud a partes iguales.

El listado de agravios recíprocos se hace cada más denso. Por parte turca, y atendiendo solo a los más recientes, se reprocha a Washington el apoyo que está prestando a las milicias kurdas sirias que Ankara identifica como una extensión más del PKK (terrorista según EEUU, Unión Europea y Turquía), sin olvidar su irritación por la falta de respuesta al requerimiento de extradición del predicador Fetullah Gülen, al que el régimen turco acusa de instigador del fallido golpe de Estado de 2016. En cuanto a Bruselas, le increpa su falta de voluntad para avanzar en las negociaciones de adhesión turca a la Unión, mientras va tomando conciencia de que esa aspiración está fuera de la agenda.

Por parte occidental, Bruselas emite claras señales de descontento con un régimen cada vez más alejado de los valores y principios que definen a la Unión Europea, escondiendo en todo caso que nunca ha habido verdadera voluntad de permitirle la entrada porque, en función de las reglas que gobiernan en club comunitario (con la demografía como variable fundamental), Turquía se convertiría muy pronto en el país con más peso político en todas las instancias de toma de decisión de los todavía hoy Veintiocho. Junto a eso, y en un terreno en el que confluyen variables políticas y comerciales con las explícitamente estratégicas, nada ha tensado tanto la cuerda para Washington y la OTAN como el paulatino acercamiento a Moscú, ejemplificado ahora en el empeño turco de adquirir los sistemas rusos de defensa antiaérea S-400.

Ya a mediados de 2017 el propio presidente Recep Tayyip Erdoğan confirmó el acuerdo con Moscú, adelantando un primer pago de un contrato que ronda los 2.500 millones de euros y que, con sus 400km de alcance, dotará a Turquía de medios para defender toda su plataforma continental mediterránea (en un momento en el que se incrementan las tensiones entre varios países por el control de los yacimientos de hidrocarburos localizados en el Mediterráneo Oriental), además de servirle (según los argumentos oficiales de Ankara) para hacer frente a la amenaza del terrorismo yihadista. Erdoğan insiste en que la entrega efectiva de todo el material se producirá a partir de julio de este mismo año, mientras se están ya realizando las obras de acondicionamiento para la recepción y militares turcos se están instruyendo en su manejo en suelo ruso. Más aún, en un claro gesto de desafío a EEUU, anuncia no solo que el contrato no tiene vuelta atrás, sino que Turquía también producirá conjuntamente con Rusia los nuevos sistemas S-500 y que, a pesar de las actuales amenazas estadounidenses de no transferir los cazas F-35 ya apalabrados, más temprano que tarde también acabará recibiendo los aproximadamente 100 aparatos de quinta generación fabricados por Lockheed Martin Co.

Esa es, la del sofisticado avión F-35, la última baza que Washington está empelando para disuadir a Ankara de hacerse con los sistemas antiaéreos rusos. Un avión en el que también participa Turquía (junto a otros siete países más) y del que ya cuenta, desde hace meses, con dos ejemplares. Estados Unidos ha paralizado la operación aduciendo que, si Turquía dispone de esos aparatos junto a los S-400, podría obtener información vital para neutralizar su supuesta alta capacidad de ataque, con la posibilidad de que termine transfiriendo dicha información a Rusia. Por su parte, Turquía recuerda que ya Grecia cuenta con los S-300, sin que nadie adujera en su momento que eso pudiera suponer una amenaza para la defensa aliada, y hasta dice haber llevado a cabo una valoración real que demuestra que su entrada en servicio no daña la defensa atlántica.

Mientras que los primeros esperan de ese modo obligar a Ankara a que vuelva al redil, los segundos parecen convencidos de que el suculento contrato de unos aparatos tan caros y sobre los que se acumulan las dudas sobre su viabilidad presupuestaria y su superioridad operativa acabara por inclinar la balanza en su favor. Todo ello sin descartar que, si no se logra reconducir la tensión actual, Turquía puede acabar provocando una crisis mayor en la OTAN y acercarse aún más a Moscú, comprando, por ejemplo, los cazas SU-57 que, a buen seguro, Vladimir Putin estaría encantado de poner en manos de Erdoğan, aunque solo fuera para seguir ensanchando las brechas internas de la Alianza. Veremos..

 

FOTOGRAFÍA: U.S. Air Force photo by Staff Sgt. Joely Santiago (Wikimedia Commons / Dominio público).

 

Desde su origen, la acción humanitaria se ha centrado más en las tareas de asistencia y protección de las víctimas de conflictos armados o desastres, que en las tareas de prevención. Sin embargo, en las últimas décadas, concepciones más amplias del trabajo humanitario, están incorporando la prevención como un componente del quehacer humanitario. En el caso de las amenazas naturales estos enfoques preventivos están dando buenos resultados. Los riesgos que este trabajo de prevención plantea en los conflictos violentos están generando debates entre los actores humanitarios que son conscientes de la posible politización y pérdida de los principios humanitarios. Por ello, hasta ahora, las experiencias de prevención de conflictos desde la acción humanitaria se están desarrollando al nivel micro y no a gran escala.

En este contexto, el artículo analiza algunas de estas iniciativas y los diversos enfoques que las inspiran, desde los que ponen énfasis en el derecho internacional humanitario (DIH) u otros aspectos jurídicos, hasta la creación de sistemas de alerta temprana, proponiendo diversos niveles de prevención: primaria, secundaria, terciaria, para su análisis. 

 

 

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Artículo publicado en “Derecho Internacional y prevención de conflictos”. Monserrat Abad Castelos y Carmen Martinez Capdevila (dirs). Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, y AEPDIRI (Asociación Española de Profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales. 2019.

Memoria de actividades del Instituto durante el año 2018.

Méndez Núñez

Para eldiario.es

 

Si la fragata seguía en la misión de EEUU se exponía a verse arrastrada a situaciones muy comprometidas por una administración tan nefasta como la de Trump


Si no lo hace, se arriesga a pagar un precio político, militar y sobre todo comercial


 

Cuando el gobierno español decidió incorporar durante seis meses a la fragata Méndez Núñez (F-104) al grupo de combate liderado por el portaviones USS Abraham Lincoln ya sabía la ruta a seguir. Sabía, por tanto, que como buque de escolta- el único no estadounidense de los siete que acompañan al portaviones nuclear- atravesaría zonas de alta tensión como el canal de Suez y el estrecho de Bab el Mandeb, así como el Golfo Pérsico y el mar del sur de China. También sabía que desde mayo del pasado año Washington había decidido denunciar unilateralmente el acuerdo nuclear firmado con Irán en junio de 2015 y que, desde entonces, la tensión no hace más que aumentar en una dinámica de acoso y derribo del régimen iraní, en la que, aunque ninguno de los dos actores enfrentados desea un choque directo, no se pueden descartar episodios violentos.

Cabe suponer que estos simples datos habían sido tenidos en cuenta antes de comenzar la singladura y por eso no deja de sorprender que ahora se haya decidido una retirada “temporal” antes de que el grupo de combate entre en las aguas del Golfo. En un ejercicio de autosugestión, como si ese gesto no fuera a tener ninguna consecuencia, se pretende que la fragata vuelva a incorporarse a filas en cuanto el grupo de combate salga de la zona y prosiga su camino hacia el Índico (¿para hacer lo mismo cuando se inicien las maniobras con las fuerzas navales de India y otros países del sudeste asiático, operando en unas aguas tan turbulentas como las que China reclama como propias?).

Frente a ese candoroso planteamiento (“no pasa nada”) es probable que otros ojos lo vean de manera diferente. Así, cabe preguntarse qué hace la fragata española en lo que, si se completa, será una vuelta al mundo. En primer lugar, es elemental entender que, desde el punto de vista de la instrucción y la operatividad de un sistema de armas tan sofisticado como el de este buque, siempre es una buena idea colaborar con los mejores (y nadie puede dudar de la alta cualificación de la armada estadounidense). Son seis meses de experiencias y lecciones aprendidas que luego redundarán en una mejor capacitación de la armada española.

Pero de inmediato se hace visible otro propósito, que tiene mucho más que ver con la industria de defensa, y más concretamente con Navantia, constructora de la F-104. Actualmente Estados Unidos ha puesto en marcha un concurso internacional para dotarse a corto plazo de 20 fragatas FFG-(X), tomando solo en consideración modelos derivados de buques que ya están en servicio. Y Navantia, en colaboración con la empresa estadounidense Bath Iron Works (del grupo General Dynamics), pugna con otros cuatro candidatos por hacerse con el jugoso contrato que debe decidirse a mitad de este mismo año. En consecuencia, es fácil entender que la Méndez Núñez sirve como tarjeta de presentación para ganar puntos en dicho concurso.

Llegados a este punto los problemas se multiplican para España. Si la fragata entra en el Golfo, y aunque la última palabra siempre la tenga España a través del JEMAD y el Jefe del Mando de Operaciones, se expone a verse arrastrada a situaciones muy comprometidas por una administración tan nefasta como la de Trump. Pero, si se queda a las puertas, se arriesga a una triple bofetada. En el terreno estrictamente militar, la ausencia de la fragata española supone disminuir la capacidad defensiva del grupo de combate y, aunque con sus propios efectivos y el resto de los que EE UU tiene desplegados en la zona la seguridad del grupo sigue estando garantizada, no será extraño que Washington haga sentir su desagrado con un aliado que solo parece estar dispuesto para el paseo, pero no para el hipotético combate.

En el terreno industrial es inmediato suponer que, como mínimo, las opciones para Navantia de hacerse con una buena parte de un contrato que ronda los 15.000 millones de euros se reducen automáticamente. Y, por último, en el ámbito político y diplomático es previsible que vuelvan a cobrar fuerza críticas similares a las que ya Washington expresó en ocasiones anteriores, como cuando el gobierno de Zapatero decidió, cargado de razones, en 2004 retirar a las tropas españolas de la ilegal invasión y ocupación estadounidense de Irak. Con fundamento o sin él, Washington no dejará pasar la oportunidad de afear la conducta del gobierno español, aunque tampoco le interesa perder la cabeza cuando en Rota y Morón sigue teniendo medios navales y facilidades marítimas y aéreas de considerable importancia en la defensa de sus intereses no solo en Oriente Medio sino también en África.

En definitiva, un pésimo cálculo de las implicaciones que tiene navegar al lado de los buques de guerra estadounidenses en las circunstancias actuales, y una improvisación derivada de una valoración excesiva de la amenaza que supone hoy entrar en aguas del Golfo. Los costes van a ser reales, pero, en última instancia, llevaderos.

 

FOTOGRAFÍA: Fragata Méndez Núñez (F-104). eunavfor