Actualidad

 

Abqaiq

 

Para Blog Elcano.

 

No es un ataque más de los varios que lleva sufriendo el sistema petrolífero saudí desde que Riad (es decir, Mohamed bin Salman) decidió implicarse militarmente en el conflicto de Yemen, en marzo de 2015. El golpe sufrido en la madrugada del pasado día 14 por Arabia Saudí en sus instalaciones en Abqaiq y Khurais convierte en irrelevantes los lanzamientos de los ineficaces misiles Scud que Sadam Husein se atrevió a emplear en 1991, o los puntuales ataques y atentados perpetrados por los huzíes en este último año.

 

Los hechos

 

Abqaiq es el corazón del sistema petrolífero saudí dado que en sus instalaciones se procesa diariamente en torno a 7 millones de barriles de petróleo (70% de la producción nacional), procedente de diversos campos que inevitablemente tienen que pasar por sus tuberías para llegar posteriormente al mercado. Por su parte, Khurais es el segundo campo petrolífero saudí, con una producción diaria en torno a los 1,45 millones de barriles.

En la madrugada del pasado sábado se produjo un ataque que ha incendiado diversas instalaciones hasta el punto de que, tras haber logrado controlar el fuego y transmitir una primera señal de inmediata vuelta a la normalidad, el propio ministro de energía saudí, Abdulaziz bin Salman (nombrado hace apenas una semana), ha declarado que se recorta la producción nacional a la mitad por un tiempo indefinido (pasando de 9,8 millones de barriles diarios a tan solo 5,7).

El ataque ha sido reivindicado de inmediato por los rebeldes huzíes, milicia yemení apoyada por Irán y opuesta al bando del presidente Abdo Rabbu Mansur Hadi (apoyado por Riad y reconocido por la comunidad internacional). Pero, también de inmediato, el propio secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, ha acusado directamente a Teherán, aunque sin aportar ninguna prueba.

Entretanto, ni siquiera hay una interpretación consensuada sobre lo ocurrido. Unas fuentes, dando pábulo a la autoría huzí, hablan de diez drones cargados de explosivos que habrían volado ¡unos mil kilómetros desde suelo yemení! para alcanzar Abqaiq y Khurais. Otras, sin embargo, sostienen que el ataque fue efectuado desde Irak con misiles crucero por autores sin identificar (milicias proiraníes, huzíes o pasdarán iraníes).

 

El análisis

 

No es en el terreno energético en el que cabe esperar los mayores problemas derivados del ataque. Por un lado, en las semanas que se tarde en recuperar la operatividad plena de las instalaciones dañadas, Riad tiene suficientes medios –gracias a sus propias reservas y las instalaciones ubicadas en Rotterdam (Países Bajos), Okinawa (Japón) y Sisi Kerir (Egipto)– para mantener el actual nivel de suministro a sus clientes. Además, también cabe imaginar que algunos productores de la OPEP, precisamente cuando a principios del verano se volvieron a renovar los recortes para intentar mantener los precios a los niveles actuales, estarán bien dispuestos para cubrir cualquier demanda. Por último, se supone que los países de la OCDE cuentan con sus reservas para cubrir 90 días de consumo y la Casa Blanca también se ha mostrado dispuesta a emplear sus reservas estratégicas para paliar cualquier problema de suministro. En definitiva, no parece que del ataque se vaya a derivar un brusco repunte de los precios, aunque las tentaciones especulativas del siempre volátil mercado energético pueden arruinar cualquier aproximación racional.

Otra cosa bien distinta es lo que afecta a la imagen de la ya seriamente dañada monarquía saudí. El simple hecho de que la joya de la corona de la Saudí Arabian Oil Company (Aramco) haya sido golpeada de esta manera, habla muy a las claras de la escasa capacidad de la defensa saudí para garantizar sus propios activos y de las limitaciones de la cobertura de seguridad que le presta Washington. Es bien sabido que el reino es el primer importador mundial de armas, pero una vez más se ha vuelto a demostrar que esa acumulación de medios no le supone contar con un sistema de defensa a la altura de las amenazas derivadas de su aventurerismo militar. En esas condiciones, los potenciales interesados en la salida al mercado bursátil de Aramco (que algunos anuncian ya para el próximo mes de noviembre) quizás no se sientan ahora demasiado animados a participar en el capital de la empresa más rentable del mundo.

De igual modo, tanto si han sido los huzíes (que en modo alguno cabe calificar como una simple marioneta de Teherán) como los iraníes, la estrategia saudí y estadounidense en la región quedan igualmente muy tocadas. Si han sido los huzíes, que se han apresurado en decir que han contado con ayuda sobre el terreno (en referencia probablemente a la minoría chií marginada por Riad, que habita las principales zonas petrolíferas orientales), el ataque demostraría que la maquinaria militar liderada por Riad no es capaz, más de cuatro años después, de eliminar la amenaza de una milicia teóricamente inferior en capacidades de combate. Y si han sido los iraníes también quedaría claro que la “máxima presión” ejercida por Donald Trump tampoco ha disuadido a Teherán de seguir inmiscuyéndose en los asuntos de sus vecinos y aceptar un nuevo acuerdo nuclear.

Llegados a este punto, el simple cálculo de coste-beneficio debería imponer un replanteamiento global de la manera en la que Riad y Washington pretenden imponer su dictado en el Golfo. Pero nada indica que algo así vaya a suceder.

 

FOTOGRAFÍA: En ruta a Abqaiq. Qasr Al Khaleej, Dammam (Arabia Saudí). Foto: AAlsaiad (Wikimedia Commons / CC BY 3.0)

 

Túnez

Para eldiario.es

 

Túnez lleva jugándosela desde hace tiempo y las elecciones presidenciales del próximo día 15 no son más que una nueva prueba en el difícil camino hacia una democracia que todavía no está consolidada. Frente a la tentación fácil de resaltar únicamente los desafíos y las asignaturas pendientes para llegar a ese punto, conviene al menos recordar lo ya hecho hasta aquí y valorar en su justo término un proceso que, en términos comparativos, sigue siendo hoy excepcional en el mundo árabe.

Mirando a sus vecinos es inmediato constatar que ni ha caído en el abismo que caracteriza a Libia, Siria o Yemen, ni tampoco se ha visto raptado por unos militares golpistas como los que encabeza el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi. Por otro lado, ha logrado integrar plenamente en el juego político al islamismo del Partido Ennahda, hasta el punto de que no solo va a presentar por vez primera a un candidato propio, Abdelfatah Mourou, sino que desde 2016 está realizando un giro estratégico que pone su carácter de partido conservador de amplio espectro por delante de su perfil tradicional de movimiento fundamentalmente religioso.

Tampoco es menor el hecho de que, desde 2011, se haya logrado realizar un relevo pacífico en la esfera política, como resultado de convocatorias electorales plenamente democráticas y de una significativa capacidad de negociación de los principales actores políticos y sociales que han impedido el desastre incluso en los momentos más delicados (asesinatos políticos y atentados). Y lo mismo cabe decir de los avances logrados en clave de paridad, con la obligación de que todos los partidos presenten "listas cremallera" que garanticen una mayor presencia de mujeres en la vida pública. La novedad más reciente ha sido la inaudita celebración de tres (encorsetados) debates televisivos entre los principales candidatos (con la destacada ausencia de Nabil Kaouri, en prisión desde el pasado 23 de agosto, y de Slim Riahi, en busca y captura).

Evidentemente, los más de siete millones de potenciales votantes son bien conscientes de que no todo son luces en estos momentos. Y así, sin ningún ánimo de exhaustividad, cabría empezar por destacar la crisis socioeconómica que sigue cuestionando el futuro de un país que, lastrado por una corrupción que no remite y una notable falta de consenso para adoptar reformas estructurales, corre el riesgo de sufrir un generalizado estallido social. A esto —que coloca el paro, la inflación y las dificultades para cumplir las exigencias del FMI por encima de cualquier otra preocupación— se suma una situación de inseguridad que, aunque últimamente haya remitido la oleada de asesinatos y atentados, sigue estando afectada por la inestabilidad regional (Libia sobre todo) y, de manera más concreta, por el problema que supone el posible retorno de los alrededor de 6.000 tunecinos que se han alistado en las listas del yihadismo global.

En el terreno político la muerte del presidente Beji Caid Essebsi, que ya había agotado todo su capital político, ha forzado un adelanto del calendario electoral. Así, las elecciones presidenciales (previstas inicialmente para el 10 de noviembre) se celebrarán antes de las legislativas (convocadas en principio para el próximo 6 de octubre); sin descartar que sea necesario llegar a una segunda vuelta (antes del 3 de noviembre) para elegir al sucesor de Essebsi.

De los 26 candidatos registrados, entre los que figuran dos mujeres, destacan inevitablemente el ya citado Mourou, empeñado en abrir Ennahda a otros sectores sociales no necesariamente vinculados al islamismo, y el hasta ahora primer ministro, Yusef Chahed, al frente de Tahya Tunis como resultado de una escisión del Nida Tunis encabezado primero por Essebsi y luego por su hijo. También sobresale la participación del hasta ahora ministro de defensa, Abdelkarim Zbidi, que figura como independiente, pero viene respaldado precisamente por Nida Tunis, refugio de muchos colaboradores del dictador Ben Ali. Y, sobre todo, se distingue el ya mencionado Nabil Karoui, magnate televisivo y favorito actual en las encuestas al frente de Qalb Tunis, a pesar de su encarcelamiento (o precisamente por ello).

Al margen de quien salga vencedor de las urnas lo más relevante es que Túnez llega hasta aquí sin haber definido del todo su sistema de poder, con unos sectores apostando por un presidencialismo que vaya más allá de las limitaciones actuales —el presidente solo tiene competencias directas en política exterior, de seguridad y defensa— y otros optando un parlamentarismo que impida una excesiva concentración de poder en unas solas manos. Igualmente, queda por ver si Karoui busca la presidencia para poner en marcha un proyecto ambicioso de país o solo un parapeto ante las causas judiciales que se acumulan en su contra. Por supuesto, también queda por comprobar cuál será el grado de aceptación popular del nuevo Ennahda, que quizás no tenga nada de nuevo. Y todo ello sin que se haya conseguido crear un Tribunal Constitucional que pueda resolver los problemas que se planteen entre los candidatos, con una ley electoral muy cuestionada, y hacer valer la letra y el espíritu de la norma fundamental aprobada en enero de 2014.

 

FOTOGRAFÍA: Pancartas con la imagen de Nabil Kaouri, el encarcelado candidato a la presidencia. EFE



 

Ciclo de debate y reflexión: En tiempos convulsos ¿queda aún espacio para la ética

 

El próximo día 1 de octubre iniciamos el ciclo "En tiempos convulsos ¿queda aún espacio para la ética" en La Casa Encendida. Un ciclo de debate y reflexión que tendrá lugar los días 1, 2, 8 y 9 de octubre.

 

Cada sesión incluirá un debate estructurado entre dos personas expertas, guiado por un/a moderador/a. Paneles conformados por periodistas, expertos/as académicos/as nacionales e internacionales, políticos/as y ONG. Un espacio de información y reflexión abierto al público en general.

 

El ciclo no pretende profundizar en la amplia y compleja agenda de la ética y la moral. Sino que aspira, tomando como punto de partida las referencias básicas de ese complejo universo filosófico y humano, a centrar la mirada en cuatro ámbitos en los que resulta inmediato detectar que los valores y principios que nos definen como sociedades avanzadas están siendo desafiados directamente por visiones y enfoques que o bien los desprecian o, como mínimo, pretenden subordinarlos a unos intereses corporativos, alejados del bien común.

 

4 interesantes mesas de reflexión:

 

·         1 de octubre. Ética y acción humanitaria: ¿es posible una ayuda basada en principios?

 

·         2 de octubre. Ética y defensa: ¿el fin justifica los medios?

 

·         8 de octubre. Ética y relaciones Internacionales: ¿valores y/o intereses?

 

·         9 de octubre. Ética y política: ¿agua y aceite?

 

 

Cada una de las sesiones tendrá lugar en La Casa Encendida (Ronda de Valencia 2, Madrid) en horario de 19.00h a 20.30h.

 

¡Os esperamos!

 

Programa

 

Para más información haga click

Página web de La Casa Encendida

Entrada libre hasta completar aforo.

 

 

Fuente fotografía: Denys Argyriou, Unsplash

 

 

Afghanistán

 

Para Blog Elcano.

 

Mike Pompeo se resistía a firmarlo, pero Donald Trump lo deseaba y lo sigue necesitando para su campaña electoral. Por eso, aunque el propio Trump acaba de anunciar en el último momento que suspende la reunión en Camp David con los líderes talibán y el presidente de Afganistán, sigue siendo previsible que finalmente se termine por rubricar el principio de acuerdo que el enviado especial estadounidense, Zalmay Khalilzad, anunció el pasado 2 de septiembre tras nueve rondas de negociación directa con los talibán, desarrolladas en Doha desde octubre del pasado año. La cuestión no es, por tanto, adivinar la fecha en la que se dará ese paso protocolario (que también puede ser sustituido por un simple comunicado final conjunto), sino plantearse cómo se ha llegado hasta aquí y qué cabe esperar a continuación.

En el primer plano es bien evidente que el principal impulsor del acuerdo es el propio Trump, necesitado de presentar a sus votantes algún resultado en una errática política exterior que hasta hoy no puede presumir de ningún éxito. Camino de 18 años de implicación militar directa en suelo afgano, centenares de miles de muertos y heridos y ¡billones! de dólares malgastados, nadie puede alegar que Afganistán es hoy un país pacificado y en desarrollo. Por eso, cuando además la presión que ejercen tanto China como Rusia ha hecho girar a Washington hacia la competencia entre potencias globales por el liderazgo mundial, se explica que Trump esté ansiando retirarse militarmente del país, afanándose únicamente por aparentar que llega al acuerdo desde una posición de fuerza.

La realidad demuestra a diario que no es así. Los talibán, que también son conscientes de que no pueden ganarle una guerra a la superpotencia militar por excelencia, han sabido en todo caso administrar inteligentemente su conocido mantra (“ustedes tienen el reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”) hasta acabar imponiéndose como un obligado interlocutor. Desde esa posición, que le permite ningunear al gobierno de Kabul –al que solo considera un títere de Washington–, puede permitirse plantear algunas exigencias y, simultáneamente, golpear brutalmente a cualquiera que se oponga a sus designios. Aunque las cifras varían considerablemente en función de las fuentes consultadas, es un hecho que los talibán controlan hoy buena parte del país o, al menos, están en condiciones de cortocircuitar diariamente la vida nacional gracias a su capacidad de castigo y a su efecto disuasorio sobre una población que no se siente protegida ni por EE UU ni por el gobierno del debilitado tándem Ashraf Ghani-Abdullah Abdullah.

En cuanto a lo que cabe esperar a partir del citado acuerdo el panorama es inevitablemente sombrío. En primer lugar, conviene no olvidar que los talibán no son precisamente un grupo homogéneo, con un líder sólido que pueda garantizar que todas las facciones van a acomodarse a lo acordado en Doha. Además, ni aun deseándolo fervientemente (lo que ya supone un ejercicio de autosugestión inaudito) están en condiciones de asegurar que van a lograr que el territorio afgano deje de ser usado por grupos yihadistas (con al-Qaeda y Dáesh en primera instancia). Igualmente ilusorio es suponer que, tras haberlo despreciado abiertamente y percibir la debilidad e inoperancia de sus fuerzas armadas y de seguridad, van ahora a entablar negociaciones serias con el gobierno de Kabul (ya se anuncia la celebración de una primera reunión en Oslo para este mismo septiembre). La experiencia de tantos otros casos, como el que afecta a Israel en su relación con los palestinos, enseña que empezar una negociación no siempre indica un deseo de llegar a un fin, sino que hablar puede acabar convirtiéndose en un fin en sí mismo.

Por lo que respecta a los talibán, no hay nada en el acuerdo –del que solo se sabe a través de rumores y filtraciones– que les suponga una renuncia definitiva. De hecho, no parece que quede garantizado que terminarán los combates contra otros grupos y la comisión de atentados como el que acaba de abortar la reunión convocada por Trump, la continuación de un gobierno afín a Washington (con unas elecciones previstas para el próximo 28 de septiembre que auguran una victoria de Ghani) o el compromiso de permitir la continuación de la presencia en suelo afgano de unidades de operaciones especiales estadounidenses implicadas en la lucha contraterrorista.

Lo que sí establece de manera más clara es que Washington debe retirar en apenas 135 días a unos 5.400 efectivos desplegados hoy sobre el terreno en cinco bases. Unos efectivos a los que se suman otros 2.000 que también deben abandonar el país en no más de un año, sin que quede claro que ocurrirá con los 8.000 más que están integrados en la misión internacional que todavía lleva a cabo labores de instrucción y asesoramiento de las fuerzas afganas. Todo ello sin olvidar que la retirada de todas las tropas internacionales es una exigencia a la que los talibán no van a renunciar fácilmente.

A partir de ahí, en un entorno económico lastrado por la corrupción y un clima político altamente sectario, las dudas se multiplican hasta el infinito. ¿Van a ser capaces las fuerzas armadas y de seguridad afganas de garantizar la seguridad del país? ¿Qué hará Washington si los talibán no cumplen lo acordado? ¿Van los talibán a compartir pacíficamente el poder con otros? ¿Qué repercusión tendrá el acuerdo en la actitud de Pakistán e India?

 

FOTOGRAFÍA: Río Pamir en la frontera entre Afganistán y Tayikistán. Foto: Michael Bamford (CC BY-NC-ND 2.0)